Roberto Enríquez Higueras, más conocido como Bob Pop, es un charlatán. No hay más. En España se tilda de intelectual a cualquiera, y más en la izquierda. En la derecha, al menos, por la compleja relación que mantienen con el pasado, cuidan más sus referencias. Que este impertinente afirmara en un programa de televisión que se aprovechaba de hombres poseídos por sustancias para ligar me trae sin cuidado. El debate debería ser otro y, a poder ser, sin voces altiplanadas ni objeciones: ¿quién carajo es este zángano para arrogarse la condición de sujeto leído?
Si tienen buena memoria, recordarán que este nauseabundo tipejo se enfrentó a la diputada Júlia Calvet en RTVE. Su verborrea, propia de esa amiga repelente que se graba emocionada tras bajar sola al súper, alardeaba de un enorme bagaje argumental. Y la pregunta subyacente es: ¿por qué los jóvenes compran antes el discurso de la expresidenta de S’ha Acabat que el de un canoso inteligentísimo que usa un pseudónimo con más tiros pegaos que mi abuela? Básicamente porque ese tonito que funde a Boris Izaguirre con un camionero de La Verneda, esa voz que suena a gato martilleado, ese curita de parroquia de extrarradio, amarga más que chupar un limón.
Desde la izquierda, quizá con aura cervantina, deberíamos repensar conceptos. Cuando escuchemos «deshumanizar», «monina» o «ultraderecha», no hay más remedio que elegir entre dos caminos: sacar la recortada o someterse a la charocracia. Y es que, por higiene intelectual y por sanear el debate público, lo suyo sería interrogar a Calvet sobre su propuesta en materia de pensiones, su opinión sobre la progresividad fiscal, el sometimiento de Vox al neoimperialismo estadounidense, sus ideas para las rentas del trabajo, sus planes en materia de vivienda… Pero, ¿qué cojones va a saber nuestro amigo Bob Pop de lo que es el PIB per cápita? Si los asesores de Calvet fijo que descorchan Moët cada vez que ven aparecer a este repipi.
La correlación entre el auge de partidos como Vox y la omnipresencia en medios de los Bob Pops, Hudsons y demás pollas en vinagre -nunca mejor dicho-, es un hecho que no requiere de respaldo estadístico. Ya ven, disculpen el desahogo. No quiero perder más tiempo con puretas horteras que visten chándales a lo Hugo Chávez pero aparentan llevar tres décadas más comiendo arena.
Urge, como en plena pandemia, desinfectar, desinfectar los platós de estos autodeterminados trovadores que, creyéndose discípulos de Joan Manuel Serrat, no son más que tristes cabras que bailan narcotizadas al son de un acordeonista callejero. Y es que en el fondo, la batalla cultural es un trampantojo que oculta que, detrás de la impostura, en materia de política económica, todos son idénticos. ¿Dónde quedan los problemas reales de los españoles?