Hace ya algunos años mantuve un breve encuentro con Ruth Ortiz. Su marido, el repugnante asesino José Bretón, estaba aún en prisión provisional y todavía no había sido culpable de haber asesinado a sus dos hijos, Ruth y José. Hablé con ella pocos minutos en un encuentro en Cornellà de Llobregat organizado por la Asociación Inter SOS con motivo del Día de las Personas Desaparecidas Sin Causa Aparente. Su mirada se me quedó grabada. Jamás había visto tanto dolor en unos ojos.
Esa mujer, a la que la vida le ha repartido las peores cartas, ha sufrido lo insufrible. Pocas personas en el mundo pueden siquiera imaginar lo mal que lo ha pasado, y sigue pasando, la pobre Ruth. Supongo que sus seres queridos la apoyan y le recomiendan que mire para adelante. Seguro que ella lo intenta, pero debe ser muy difícil poder hacerlo. Debe ser tremendamente difícil, por no decir imposible, rehacer tu vida con semejante vivencia experimentada.
Para colmo, ahora tiene que soportar, si la justicia no lo impide, que se publique un libro titulado El odio en el que José Bretón confiesa haber matado a sus hijos de una manera tal que se me revuelven las tripas de solo imaginarla. Supongo que el canalla encima habrá aprovechado el libro para justificarse y adornarse. Nada más repugnante y doloroso para esa mujer que aún sigue viviendo con la herida bien abierta.
Además de dinero, no sé qué puede motivar a un periodista como a Luigé Martín y a una editorial como Anagrama darle altavoz a semejante escoria humana. El libro será publicado hoy mismo y no lo he leído. Pero de una cosa estoy seguro: a Ruth Ortiz no le está haciendo bien ni su publicidad ni su publicación y es a esa señora a la que tenemos el deber ético de defender. Es brutal que, años después de haber vivido el macabro asesinato de sus dos angelitos, encima tenga que estar escuchando a todas las horas del día las reflexiones y confesiones de la sabandija con la que estuvo casada.
En el derecho a la libertad de expresión no cabe todo, diga lo que diga el juez, que no ha aceptado la petición de la madre
Creo que en el derecho a la libertad de expresión no cabe todo, diga lo que diga el juez, que no ha aceptado la petición de la madre de paralizar la distribución del libro. Lamento que ese juez no se haya puesto ni dos minutos en la piel y en el alma de esa mujer, destrozada por el asesino que no descarto que acabe cobrando un pastón aprovechando el morbo de lectores trastornados. También me ofende que ese juez no haya tenido en cuenta la petición de la Fiscalía de Menores, que, con buen criterio, solicitaba que se analizara si la publicación del libro vulneraba los derechos al honor y la intimidad de los niños asesinados por la nueva estrella mediática de la editorial Anagrama.
El periodista que publica el libro y que se carteó con el vil Bretón incluso llega a reconocer en un comunicado que su libro “puede provocar dolor al reabrir heridas”. ¿Un ambicioso periodista morboso tiene derecho a causarle aún “más dolor” a Ruth Ortiz? ¿Acaso no sabe José Bretón que con la publicación del libro va a hacerle más daño aún a la madre que ya destruyó?
Puede que Anagrama y el periodista (que ni siquiera contactó con la madre de los niños) tengan derecho legal a vender el testimonio de semejante alimaña, pero yo tengo el derecho a decir que la naturaleza, la concepción y la esencia de ese libro es infame y que jamás lo compraré. No parece muy ético que un ciudadano con un mínimo de humanidad acabe contribuyendo a engordar el maligno ego y el bolsillo de un asesino y el de sus mensajeros sin escrúpulos.